miércoles, 22 de marzo de 2017

La muerte, por Mgr. Ronald Knox

Nota: habrán notado que no estoy publicando post propios. Se me ha complicado la vida con demasiados quehaceres, y me queda poco tiempo y tranquilidad para escribir, sin embargo estoy en eso y tendré en unos días una nueva historia de Mateo. Mientras tanto les transcribo esta amena y llena de sentido común meditación sobre el delicado tema de la muerte tomada de "Retiro para gente joven",  de Monseñor Knox. Espero les aproveche.
Beatrice

                                                             La muerte

                                                                    Por Monseñor Ronald A. Knox
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          Érase una vez un caballero que tenía mucho dinero y pensaba que esta vida no es tan mala, después de todo. Lo único que le preocupaba era que se estaba haciendo viejo y que cualquier día tendría que abandonarla. Cierta noche, alguien se le apareció en sueños y le dijo que si salía al jardín y buscaba en el basurero encontraría un silbato mágico, como esos de los cuentos de hadas. Si lo tocaba mientras expresaba un deseo, este se haría realidad; ahora bien, solo podía tocar tres veces, por lo que tendría que tener cuidado con lo que pedía...Cuando el caballero se despertó, fue corriendo al basurero, donde, en efecto, encontró el silbato. Lo limpió bien con un pañuelo y se dispuso a tocar lo único que sabía ( unos compases de la Marcha Real) al tiempo que expresaba su deseo. Ya os habréis imaginado cuál era: la inmortalidad.
         
          Al principio no las tenía todas consigo. ¿Habrá dicho aquella aparición la verdad? Pero, a medida que fue pasando el tiempo se convenció: perdió un poco de oído, estuvo enfermo dos o tres veces, pero pronto se recobró. Los médicos estaban asombrados porque, según le dijeron, tenía el corazón como un joven de veinte años y era perfecta su presión arterial. Siguió, pues, viviendo, sosegado y feliz, aunque pronto algo vino a perturbar su tranquilidad: todos sus amigos fueron muriendo uno tras otro, hasta que se quedó solo. Además, nadie quería hablar con él, porque siempre contaba las mismas historias de tiempos pasados, que, ni que decir tiene, eran mucho mejor que los presentes. Luego, empezó a cansarse de todo: de la casa, de las comidas, de los libros...y, por supuesto, de la televisión. Hasta que, un buen día, tomó una resolución: fue a su escritorio, sacó el silbato, tocó la Marcha Real y expresó otro deseo: morir, sí, pero en el momento que él mismo escogiera; ni antes, ni después.

         Pero nada cambió. Después de todo, ¿qué prisa tenía en morir, ahora que podía escoger el momento? Siguió viviendo, pues, con la misma tranquilidad. Y así, después de desayunar, resolvía los jeroglíficos del periódico y hacía crucigramas hasta la hora de almorzar. ¿Cómo iba a desear morir sin haberlos terminado? Luego, después de comer, se echaba la siesta y a las cinco tomaba el té, lo cual le daba vigor y una sensación de bienestar que borraba la idea de la muerte. A veces, sí, le rondaba la idea después de cenar, pero le parecía que hubiese sido descortés despertar al servicio en plena noche, llamar a la funeraria y todas esas cosas, solo porque a él se le antojaba morir.

          Cuando pasó cierto tiempo empezó a admitir que se estaba engañando, que, en el fondo, temía la muerte. Quería estar muerto, pero no morir, y cuando pensaba en el trance de la muerte, se echaba para atrás. Imposible enumerar todos los intentos que hizo: bebió como un cosaco con objeto de animarse a desear la muerte, pero, cuando más bebía, más ganas le entraban de vivir; leyó novelas rusas para convencerse que vivir no valía la pena, pero se quedaba dormido a la mitad. Hasta que, finalmente, sintiéndose como una especie de gusano al no tener más remedio que admitir que le faltaba valor para afrontar el trance definitivo, fue por el silbato, tocó la tercera vez la Marcha Real y pidió morir cuando Dios quisiera, como todo el mundo. Pero como era - olvidé decirlo - un hombre piadoso, formuló un último deseo: que no se lo llevase hasta haber terminado de hacer los nueve primeros viernes del mes...

         Se puso, pues, a hacerlos y experimentó un gran alivio. Como ya había pedido la terrible responsabilidad de escoger la hora de su propia muerte, empezó a interesarse por los problemas del prójimo, y cuando los pocos amigos que le quedaban iban a verlo, se quedaban sorprendidos por su cambio de actitud y la tranquilidad con que aguardaba la muerte.

         Ni que decir tiene que fue haciendo todos los primeros viernes de mes, hasta que llegó el último. Ese día se despertó temprano, y como le sobraba tiempo para llegar a Misa, se quedó un rato en la cama, pensando en las revelaciones de Paray-le-Mon y preguntándose si, después de todo, las promesas del Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alocoque serían ciertas, ya que al fin y al cabo, eran unas revelaciones privadas y no formaban parte del depósito de la fe; además, no estaba seguro de haber hecho buenas confesiones, pues había algunas cosillas de las que no estaba arrepentido del todo; y luego estaba el Purgatorio, que sin duda le esperaba por haber sido egoísta y comodón...Y empezó a sudar, y a tener miedo. Y entonces se despertó, porque, como ya habréis sospechado, toda esta historia del silbato es pura fantasía, y el anciano caballero solo la soñó. Os la he contado para haceros ver que el hecho de la muerte, mejor dicho, el hecho de no saber cuándo moriremos, es lo que más nos conviene.

          Moriremos, sí, pero no sabemos cuándo. Lo cual nos hace comprender, de entrada, que este mundo no es nuestra definitiva patria; estaremos aquí algún tiempo, pero ese tiempo siempre se nos antojará demasiado corto, por mucho que vivamos; algo así como si tuviéramos reservada plaza en un hotel durante unas cortas vacaciones y, al final, tuviéramos que dejarla a un nuevo huésped. O como decía Santa Teresa de Jesús, que comparaba la vida con una mala noche en una pobre posada.


         Ni que decir tiene que tal situación es consecuencia del Pecado Original, pero es un hecho innegable. El padre Vaugham, famoso predicador jesuita, lo explicaba con vivas pinceladas, poniendo de relieve la participación de Eva en el asunto, lo que solía irritar bastante a su auditorio femenino. Una vez una señora que le escuchaba, le interpeló diciendo: "De acuerdo, Eva pecó, pero ¿dónde estaría usted si no hubiera existido?" A lo que el buen jesuita replicó con humor. "Señora: estaría sentado a la sombra de uno de los árboles del Paraíso, disfrutando de lo lindo..." Bromas aparte, es indudable que sin la Caída de nuestros primeros Padres, no existirían ni el dolor ni la muerte. Pero la realidad es que existen, que esta vida es corta y que es inútil y estúpido intentar hacer de la tierra morada permanentemente, como lo prueba el cuento del anciano caballero. A la larga, terminaríamos hartándonos de esta vida terrena. ¿No es un indicador, acaso, el elevado número de suicidios, en aumento en aquellos países que gozan de un nivel de vida más alto? Me viene a la memoria el caso de un joven de Eton que se suicidó en la misma pensión en que se alojaba; la patrona no podía explicarse por qué lo había hecho, así que, al día siguiente, convocó a todos sus huéspedes y les preguntó si tenían idea de los motivos. Nadie quería decir nada hasta que un estudiante tímidamente apuntó: "Bueno, quizá tengo algo que ver con la comida"...Sí, indudablemente, quien se suicida tiene motivos para hacerlo, aunque, como en este caso, puedan ser desproporcionados o ridículos. Y es que si se pierde el sentido trascendente de esta vida, si se la considera como lo único que existe, nos aferramos a ella cuando es placentera y la rechazamos cuando nos fastidia o nos aburre.

          Es bueno, por eso, saber que, aunque no sepamos cuándo, hemos de morir, y pensar en ello. Somos tan miopes, tan limitados, que constantemente tendemos a aferrarnos a lo que nos rodea: amigos, placeres, riquezas. Seguramente habrás experimentado, como yo, lo que ocurre cuando alguien a quien no conoces demasiado te invita a una fiesta. Supones que te divertirás, pero como no has estado nunca, a medida que se acerca el momento,te apetece cada vez menos asistir e incluso te arrepientes de haber aceptado la invitación, y tienes que hacer un esfuerzo. Además, para colmo, tus amigos se van al cine, donde se seguro que lo pasarán pipa. Al final, terminas yendo a la fiesta, porque eres hombre de palabra, pero a regañadientes. Y, sin embargo, una vez allí, comprendes que eras un estúpido incapaz de salir de la rutina, porque la fiesta es espléndida, y lo pasas estupendamente...Pues bien, ¿no es parecida nuestra postura muchas veces cuando pensamos en el Cielo? Sabemos que allí seremos felices, y, sin embargo, el hábito y la rutina de nuestras diarias ocupaciones y entretenimientos nos atraen de tal manera que no nos permiten pensar en el otro mundo, y nos mostramos reacios a la idea de emprender el viaje definitivo.

          Pero Dios conoce nuestra debilidad; sabe que la vida de aquí abajo se nos antoja más real que la del Paraíso y nos atrae con más fuerza. Por eso se ha tomado la molestia de dejar en sus manos el momento del viaje, ya que nosotros no seríamos capaces de tomar la iniciativa. Es como ese amable anfitrión que pone a nuestra disposición un taxi para que venga a recogernos y no lleguemos tarde a la fíesta.

         Eso es la muere: un taxi divino que nos espera a la puerta. Supón que fueras un prisionero, encerrado en una celda, en espera de ser ejecutado; supón que esa celda fuera relativamente amplia y confortable; supón que, cada mañana, el verdugo viniera a verte para saber lo que necesitabas y al final te dijera: "¿Quier ser ejecutado hoy, señor?". Seguro que le responderías: "No, mejor déjelo para mañana". Y así, día tras día, porque siempre tendrás algo que hacer; terminar de leer un libro, escribir un poema, pintar un cuadro o algo por el estilo. Y es que si nos dejaran escoger el momento de la muerte, jamás estaríamos preparados para recibirla. ¿Qué de extraño tiene que, en tales circunstancias, Dios se haya reservado ese derecho?

          Hay además otra razón por la que es bueno saber que hemos de morir, y recordarlo d vez en cuando: que nos espolea  a obrar bien y a hacer las cosas cuanto antes. A menudo, el motivo por el  que emprendemos tareas difíciles o costosas es que el tiempo nos apremia. Quizá algunos conozcáis la anécdota de un catedrático de Cambrigde al que le desagradaba profundamente que las chicas estudiasen y no desperdiciaba la ocasión de meterse con ellas en sus clases.Un día que estaba hablando de las Islas Salomón, donde al parecer hay muchos más hombres que mujeres dijo: "De hecho, se estima que, allí, hasta las chicas universitarias no tendrían dificultad en encontrar marido". Naturalmente, las que asistían a clase se dieron por aludidas, se  pusieron en pie, tomaron sus libros y empezaron a abandonar el aula. Viendo lo cual, el catedrático hizo el siguiente comentario: " No veo por qué tienen ustedes tanta prisa, ya que el próximo barco no sale hasta el sábado...".
   
         Es ese sentimiento de urgencia el que espolea, incluso a los más perezosos, a hacer algo.  Los turistas, cuando visitan una ciudad, quieren verlo todo en un día, porque tienen prisa. Sin embargo, los que viven allí, no se toman esa molestia. Piensan que ya tendrán tiempo de ver este o aquel monumento, este o aquel museo y, al final, muchos se mueren sin verlo. Recuerdo que, una vez, al pasar en coche por un pequeño pueblo, pregunté a un viandante cómo se llamaba aquel sitio. A lo que respondió: "No sé; solo llevo viviendo aquí una semana..."

         El tiempo apremia. La vida es corta. Eso es lo que hace que los que son ambiciosos empiecen pronto, demasiado pronto a veces, a escribir libros, a medrar en la política, a aparecer en las pantallas cinematográficas o a lo que sea. Y eso es lo que deberías hacer, si eres buen cristiano, que te preguntaras con frecuencia: ¿Me doy cuenta de que esta vida es un capital que hay que hacer producir? ¿Me acuerdo de que tengo un alma?¿No será ya tiempo de enfrentarme seriamente con mi comodidad, con mi pereza, con mi rutina? ¿A qué espero para esforzarme por hacer oración, tener presencia de Dios, amar a los demás y sacrificarme por ellos?...Mucho me temo que todavía no te hayas planteado seriamente todo esto. Si es así, créeme: plantéatelo cuanto antes. No tienes ni idea de lo pronto que te encontrarás al filo de los cuarenta.

         Otro aspecto de la cuestión es que la muerte puede sorprendernos en cualquier momento. Lo cual quiere decir que, si no somos unos insensatos, debemos estar preparados para recibirla en todo momento, siempre.

        Al llegar a este punto, algunos predicadores suelen ponerse serios y decir con voz engolada: "Dentro de un año, alguno de los que me escucháis habrá muerto..." Yo no pienso hacerlo, entre otras cosas porque desconozco las actuales estadísticas sobre la mortalidad juvenil. Lo que sí os diré es que Nuestro Señor insistió una y otra vez en que estuviésemos preparados; que fuéramos como esos servidores fieles que están esperando siempre que llegue su amo para atenderle y así, si aparece por sorpresa, nunca les encontrará fumándose sus cigarros puros en la biblioteca.

          Conocí una vez a una señora que me contó que una noche, encontrándose en la Riviera, empezaron a hacer experimentos con un potentísimo reflector. Una amiga suya, con la que estaba paseando por la playa, se asustó sobremanera al proyectarse en el cielo aquel haz de luz y, creyendo que se acercaba el fin del mundo, cayó de rodillas en la arena y empezó a confesar sus culpas. Pero cuando se dio cuenta de que se trataba tan solo de un reflector, se sintió avergonzadísima y casi le dio un ataque de nervios.

         Aquello fue solo un cómico error, pero lo cierto es que, cuando mueras, una potentísima luz iluminará tu conciencia y verás hasta los más oscuros rincones de tu vida. Ojalá, en ese momento, no tengas nada grave de qué arrepentirse, porque no tendrás tiempo.

          Sí, deberíamos pensar un poco más en la muerte. Lo cual no quiere decir que tengamos que comprarnos un diccionario médico para empaparnos de todas las enfermedades habidas y por haber y descubrir sus síntomas. No. La vida es algo sumamente frágil y no hace falta comprarse un diccionario médico para saber que podemos morir en cualquier momento; basta con leer los periódicos...Me contaron una vez que la madre de un joven que se encontraba en China cuando estalló allí la guerra civil, le puso un telegrama que decía: "Dime dónde te encuentras. Temo por ti". A lo que el joven respondió con otro redactado así: "Estoy en Pekín. Temo por mi". Y es que lo que debemos hacer cuando pensamos en la muerte, en nuestra propia muerte, es resolvernos inmediatamente a portarnos bien, a confesarnos frecuentemente y a mantenernos siempre en la gracia y en la presencia de Dios.
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          Recuerdo con qué sencillez monseñor Paine - que ya ha muerto también - me contó el fallecimiento de su amigo, monseñor Dunn. Fue a verle al hospital en que se hallaba internado y se encontró en el pasillo al médico que le atendía, el cual le dijo que aunque estaba plenamente consciente, no tardaría en morir. Así pues, entró en la habitación y se lo comunicó a monseñor Dunn, que estaba oyendo la radio: "Amigo, el médico que ha dicho que el  momento se acerca...vas a morir". A lo que el enfermo respondió: "¿Ah, sí?...Entonces quita la radio, sal al pasillo cinco minutos y  vuelve luego para oírme en confesión". Murió media hora más tarde; estoy seguro que monseñor Paine ha tenido una muerte tan tranquila y sosegada como aquél; ojalá nosotros la tengamos también.

          Sí, la muerte puede sobrevenir en cualquier momento. Y conviene que sea así. Somos criaturas tan frágiles, tan olvidadizas y perezosas, que si supiéramos a ciencia cierta que habíamos de vivir todavía diez años, por ejemplo, pasaríamos nueve sin esforzarnos demasiado. ¿Acaso estudiamos intensamente una asignatura cuando sabemos que quedan todavía seis meses para examinarnos?. El centinela que tiene que velar toda la noche, se mantiene despierto no solo porque no sabe cuándo pasará el oficial su ronda habitual, sino también porque puede llegar en cualquier momento. Así nos ocurre a nosotros. Somos soldados que cumplimos con nuestro deber, y deberíamos estar orgullosos de ello; pero no nos mantendríamos siempre vigilantes si supiéramos la hora exacta del relevo. Nos dejaríamos llevar más fácilmente por la tentación si estuviéramos absolutamente seguros de que íbamos a tener tiempo para arrepentirnos.

         Quizás te parezca que al obrar así Dios no nos trata como un amigo, sino más bien como un profesor severo. Bien, eso sería cierto si hubiese en el mundo muchos hombres que, a su vez, le trataran a Él como Amigo y no como un profesor severo. Pero no es así. Muchos hombres le tienen miedo, le traicionan con frecuencia y tratan de esquivar sus mandamientos. No ocurre así con los santos, que son sus amigos más sinceros. Y te diré una cosa. A muchos de ellos, Dios les concede la gracia de saber cuándo van a morir, precisamente porque están siempre dispuestos. Y es que en la medida en que tu vida se desarrolle en la amistad con Dios, el temor a la incertidumbre de la muerte desaparece.

          Hay, por fin, un último aspecto de la muerte que merece la pena tener en cuenta: que es la coronación de nuestras vidas. En primer lugar, porque después de ella viene el juicio particular de cada uno y ya no hay rectificación posible. Cabe, por supuesto, arrepentirse en el último momento y estoy convencido de que muchos lo hacen; si no, el Cielo estaría más bien vacío. Pudiera ser que - Dios no lo quiera - alguno de vosotros equivocara su vida, hiciera oídos sordos a las enseñanzas que ha recibido y se alejara de Dios. Pues bien, que no dude jamás de que si en el último momento de su vida pidiera perdón sinceramente a Dios e hiciera un acto de contrición invocando a Nuestro Señor Jesucristo, se salvaría. Aunque olvidéis todo lo demás que os he dicho, recordad esto.

          Pero la muerte debe ser la coronación de nuestras vidas también en otro sentido. En el sentido de que es la hora en la que todo se consuma, en la que todo se cumple. No uso estas palabras en el sentido en que se utilizan para rendir tributo a la memoria de esos grandes hombres que realizan grandes hazañas,no. Lo que los demás piensen sobre nosotros cuando muramos importa más bien poco. Para nosotros, los cristianos, la consumación de una vida, sus verdaderos logros, nada tiene que ver con esas grandes hazañas que provocan la admiración del público. Cuando Nuestro Señor, al morir en la Cruz, dijo: "Todo está consumado", se refería al sacrificio redentor de su vida, que ofrecía al Padre.

          Y nosotros, si de verdad hemos comprendido lo que el Señor quiere, debemos hacer lo mismo: ofrecer nuestra vida en sacrificio al Padre en unión con Él. Decirle, ya desde ahora y cuando llegue el momento: "Toma mi vida, Señor. Sé que a menudo no me he portado bien. No siempre he seguido tus huellas y me he extraviado muchas veces. Pero, a pesar de todo, quiero ofrecerte mi vida en sacrificio redentor, como tu Hijo. Tómala en tus manos y haz con ella lo que quieras..."

         Así debe ser la vida de un cristiano, así debe ser su muerte.






viernes, 3 de marzo de 2017

O todo o nada, John Henry cardinal Newman


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"Debes aceptarlo todo o rechazarlo todo. La atenuación sólo consigue debilitar y la amputación mutilar. Es frívolo acoger todo menos una parte que es tan integrante como cualquier otra porción. Y, por otro lado, es algo solemne aceptar una parte, puesto que, antes de que sepas dónde estás, podrás ser empujado por una severa necesidad lógica a aceptar el todo. (...)
Al ser uno solo el cristianismo, todas sus doctrinas son necesariamente desarrollos de una sola y, por ello, son consistentes por necesidad unas con otras, es decir, forman un todo."
                                                     El desarrollo del dogma, II, 3,2-4

"Las afirmaciones de un Padre o un Doctor particular pueden ciertamente tener la máxima importancia. Pero un único teólogo no es igual que una Cadena. Debemos disponer de una doctrina unitaria establecida por una Iglesia unitaria. La verdad católica en cuestión está constituida por un conjunto de proposiciones distintas, cada una de las cuales, si se afirman excluyendo al resto, es una herejía."

                                                El desarrollo del dogma, Introducción, 10

martes, 24 de enero de 2017

Oración por Chile a Nuestra Señora del Carmen

Resultado de imagen para oracion a nuestra señora del carmen patrona de ChileORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN
(Monseñor Ramón Ángel Jara) 

¡Oh Virgen Santísima del Carmen!. Llenos de la más tierna confianza como hijos que acuden al corazón de su madre, nosotros venimos a implorar una vez más los tesoros de misericordia que con tanta solicitud nos habéis siempre dispensado.

Reconocemos humildemente que uno de los mayores beneficios que Dios ha concedido a nuestra Patria, ha sido señalaros a Vos por nuestra especial Abogada, Protectora y Reina. Por eso a Vos clamamos en todos nuestros peligros y necesidades seguros de ser benignamente escuchados. Vos sois la Madre de la Divina Gracia, conservad puras nuestras almas; sois la Torre poderosa de David. defended el honor y la libertad de nuestra Nación; sois el refugio de los pecadores, tronchad las cadenas de los esclavos del error y del vicio; sois el consuelo de los afligidos, socorred a las viudas, a los huérfanos y desvalidos; sois el auxilio de los cristianos, conservad nuestra fe y proteged a nuestra Iglesia, en especial a sus Obispos, sacerdotes y religiosos.

Desde el trono de vuestra gloria atended a nuestras súplicas, ¡oh Madre del Carmelo! Abrid vuestro manto y cubrid con él a esta República de Chile, de cuya bandera Vos sois la estrella luminosa. Os pedimos el acierto para los magistrados, legisladores y jueces; la paz y piedad para los matrimonios y familias; el santo temor de Dios para los maestros; la inocencia para los niños; y para la juventud, una cristiana educación.

Apartad de nuestras ciudades los terremotos incendios y epidemias; alejad de nuestros mares las tormentas, y dad la abundancia a nuestros campos y montañas.
Sed el escudo de nuestros guerreros, el faro de nuestros marinos y el amparo de los ausentes y viajeros. Sed el remedio de los enfermos, la fortaleza de las almas atribuladas, la protectora especial de los moribundos y la redentora de las almas del Purgatorio.

¡Oídnos pues, Reina y Madre Clementísima! Y haced que viviendo unidos en la vida por la confesión de una misma fe y la práctica de un mismos amor al Corazón Divino de Jesús, podamos ser trasladados de esta patria terrenal a la patria inmortal del cielo, en que os alabaremos y bendeciremos por los siglos de los siglos. Amén.


sábado, 14 de enero de 2017

A los pequeños, por Mgr. Robert Hugh Benson

                                   A los pequeños

San Bernardo hablando acerca de las palabras de Job dice: “Abscondit lucem in manibus” (esto es, Dios tiene la luz escondida en Sus manos) Bienaventurado es el que tiene entre sus manos una vela encendida, él puede esconderla y mostrarla según su deseo. Así lo hace el Señor con sus elegidos.


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Unos pocos días después de la conversación que hube descrito, puse término a mi visita al anciano y mi trabajo me llevó de vuelta a Londres. Pero le dejé la promesa de volver y pasar la Navidad en su casa. Me prometió que mientras tanto trataría de juntar algunas otras historias para mí hasta que yo volviera. Me dijo que habían muchas otras que se habían cruzado en su vida y esperaba que fueran para mí interesantes, junto con unas pocas experiencias propias.

Lo dejé entonces sonriendo y despidiéndose de mí desde la ventana de su dormitorio supervisando al chofer (porque debía irme en el primer tren), con la cara limpia y afeitada de su antiguo sirviente mirándome desde la transparente ventana de cristal de la capilla junto al dormitorio del sacerdote, donde había estado arreglando y alistando las cosas antes de que su patrón se vistiera.

 Volví en una oscura tarde de invierno, una o dos semanas antes de Navidad. Ante mis requerimientos el cochero me respondió que su patrón parecía haberse envejecido durante el otoño y el invierno, y que apenas había dejado la casa desde que has hojas habían caído, excepto para sentarse por un par de horas, cuando el clima estaba soleado, en un ángulo protegido del muro donde se ubicaba la terraza de baldosas de la cual ya he hablado en otras ocasiones. El cochero temía que estuviera sufriendo una depresión. Los días habían transcurrido en absoluto silencio, hasta que finalmente Parker le habló mientras su amo daba vueltas a las cartas, libros y antiguos dibujos durante el día.

Me reproché a mí mismo el haber complicado al anciano con mi pedido de más historias y temí que por complacerme  él hubiera rumiado el pasado, quizás pensando demasiado acerca de sufrimientos que yo desconocía.

                   Paseábamos bajo los pinos que arrojaban sus sombrías agujas al viento y el sol se quebraba por entremedio de las nubes en una gloria inflamada a mi derecha, ardiendo sobre la pequeña ventana cuadrada de la casa a mi izquierda. La ventana de la capilla en el piso superior parecía estar especialmente llena con la luz roja que brillaba dentro, aunque la flama se extendía por todo el piso de arriba mientras íbamos pasando a la izquierda de las ventanas blancas y descoloridas justo antes que dobláramos  la esquina detrás de la casa.

El anciano se encontró conmigo en el hall, y me sorprendí al ver el cambio que había experimentado. Sus ojos parecían más grandes que nunca y en ellos había un sufrimiento que no había visto. Antes habían sido los ojos de un niño inocente, amplios y sonrientes; ahora ellos eran los ojos de alguien que ha estado bajo una carga demasiado pesada para ser sostenida. Con la fuerte luz de la sala de estar, mientras las velas brillaban en su rostro, comprobé que mi impresión había sido causada por la caída de los párpados que ahora colgaban un poco más. Su rostro parecía estar cansado.

Me dio la bienvenida y me dijo varias cosas simpáticas que me avergonzaron un poco. Me hizo sentir que estaba feliz que hubiera ido, y yo también estaba feliz. Entre otras cosas dijo:

“Estoy feliz que hayas venido ahora, porque pienso que tendré que contarte algunas cosas más. Durante el otoño he tenido algunos indicios acerca de que el fin está llegando y pienso que si tengo que pasar a través del valle de oscuridad  - pues pienso que ahora estoy en la entrada – Él me dará su bastón como su vara. Pero soy un hombre viejo lleno de caprichos, así que por favor no me cuestiones. Estoy muy feliz” – y me tomó la mano y la acarició por un instante. “Estoy muy contento que estés aquí, porque creo que tú no tendrás miedo”.

Durante los días siguientes me relató muchas historias, sacando viejos libros y cartas sobre las cuales el cochero ya me hablado, explicándome en detalle las notas a través de sus lentes de carey, mientras estaba sentado junto al fuego encendido de la principal sala de estar, con los troncos de la chimenea crispando con rápidas chispas mientras iban reposando en su cama de cenizas. La puerta que conducía hacia el antiguo camino al jardín permanecía ahora cerrada y de ahí colgaba una pesada cortina.

No salíamos mucho para afuera juntos, solamente al inicio del atardecer caminábamos durante una hora y algo, él apoyado en mi brazo y con un bastón.  Caminábamos de arriba abajo en la terraza que está junto al paseo bajo los pinos, mientras el atardecer ardía a través de los montes como un lejano juicio. Tal vez algún día escriba algunas de las historias que él me contó, pero no todas. Llevo las notas conmigo, y he aquí que tengo una de ellas:

Estábamos caminando cuesta arriba hacia el pueblo muy lentamente en una de estas oscuras tardes de invierno, porque el sacerdote quería cambiar un poco el jardín. La mañana había estado ventosa y húmeda, con chubascos de agua nieve e incluso con algunas pizcas de nieve pura, pero el cielo se había aclarado después del almuerzo. El clima estaba ahora calmado por la helada y la nieve reposaba escasamente por aquí y  por allá en el suelo que se había endurecido con rapidez.
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“Es notable “– me dijo el anciano – “cómo a pesar de las palabras de nuestro Señor, las personas aún piensen que la fe es una materia más o menos intelectual.  Aquella frase de la “fe inteligente” es, desde luego, muy incorrecta estrictamente hablando”.

Él se detuvo y me miró al decir esto, como si se estuviera preparando para una disputa, y no lo decepcioné.

- “Estás muy misterioso” – dije – “No puedo creer que tú no valores el intelecto.  Es obviamente un don de Dios, y por lo tanto, puede enriquecer la fe tal como nada puede hacerlo”.

-“Sí” – dijo caminando – “puede enriquecerla, pero no tiene nada más que hacer más que lo que hacen las joyas con una mujer bonita. De hecho algunas veces la fe es más hermosa sin adornos y es muy posible que una fe delicada y creciente choque con el peso de argumentos aprendidos que intentan adornarla y perfeccionarla.

A mí me parece que los apologistas cristianos únicamente son útiles en boca de aquellos que se dan cuenta de la totalidad de su ineptitud. No pueden demostrar nada de Dios. Mediante argumentos puedes trazar un cierto número de pautas que convergen hacia Dios y hacen probable su existencia y sus atributos, pero la fe no depende de las condiciones intelectuales, sino de las morales. Bienaventurados son los puros de corazón – dijo nuestro Salvador y no Bienaventurados  son los de intelecto profundo y agudo porque verán a Dios. Es cierto aquello que puede ser dicho de lo intelectual como de todas las demás riquezas: que aquellos que las poseen hallarán dificultad al entrar en el Reino de Dios.”

- “Piensas entonces” – le dije –“que las fuerzas intelectuales no son cosas deseables y que la educación no es un asunto tan importante después de todo.”

- “No más que la riqueza, al  menos en cuanto se refiere a la educación sobre hechos demostrables o ciencias exactas. El objetivo de nuestra existencia aquí es conocer a Dios. Bueno, sabes bien cómo la carrera por la riqueza moviliza hoy a millones de almas no menos seguramente que la aguda competencia intelectual arruinándolas,  Mr.___., de momento.” – dijo él nombrando a un conocido crítico y poeta. “¿Hubo alguna vez un hombre con el más agudo y fino intelecto, o con el más certero instinto en materias de gusto literario? Pues bien, una vez yo hablé  con este hombre y durante la mayor parte del día no hizo sino hablar de sus propios asuntos. Él fue el que pauteó toda la conversación.  Debo confesar que yo estaba anonadado por la perfección de la formación de su ya brillante dominio. Pude entenderlo, aunque claro no puede seguirlo, y desde luego había muchas sombras de delicada belleza, invisibles para mí, en su conversación y crítica. Su escala de belleza intelectual corrió por completo fuera de mi vista. Pero lo que más me sorprendió fue la tosquedad y lo opaco de su instinto espiritual. Yo no lo llamaría un niño en materia de fe porque sería un elogio. Él era tan solo un patán mal criado. He conocido a muchos aldeanos de Sussex con una fibra espiritual mucho más pura y fina. No, no, la fe puede existir y existe bastante alejada del intelecto. El crecer y el desarrollarse de una implica que la otra decae o se hace incoherente. Seigneur, donnez-moi la foi du charbonnier.”

Debo confesar que este punto era nuevo para mí, y ahora no estoy seguro si es exagerado y peligroso considerarlo, sin embargo no le dije nada porque parecía que  esto abriría cuestiones muy difíciles  y además arrojaría luz sobre otras materias complicadas. El sacerdote se volvió nuevamente hacia mí mientras caminaba.

- “¿Por qué debe ser así?” – dijo – “ Pues porque si no fuera así, la gente inteligente tendría una mayor esperanza de salvación que la estúpida y esto es absurdo, tan absurdo como si la gente rica estuviera más cerca de Dios que la gente pobre. No, no, los talentos son distribuidos en forma desigual, es verdad. A uno 10, a otro 5, pero todos tenemos al menos una libra, todos por igual.”

Llegamos al tope de la ladera y los elevados setos que gradualmente habían bajado, nos hacían poder ver ahora el campo a lo largo y ancho. Mientras nos detuvimos para tomar aliento, lejos detrás nuestro pudimos ver la llanura brumosa de Brighton, mientras que a media distancia yacía una colina con árboles caídos con el humo comenzando a ondular por aquí y por allá desde los fuegos de la tarde en esos pueblos escondidos. El cielo atrás estaba claro, pero en el oeste, donde el atardecer estaba comenzando a arder sin llama,  permanecían todavía unas pocas nubes pesadas.

-“Y Dios todo lo ve” – dijo el sacerdote.

-“¿Puedes contarme otra historia mientras caminamos a casa de vuelta? Creo que deberíamos volver ahora”.

Nos volteamos y volvimos sobre nuestros pasos colina abajo.

-“Esta no es una experiencia propia” – dijo –“me la contó un amigo mío en Cornwall. Él era el propietario de un pueblecito a unas pocas millas en las afueras de Truro. Él vivía ahí casi todo el año, excepto unas pocas semanas en primavera cuando se iba al extranjero.

Era un hombre de gran sabiduría y gusto, pues tenía la fe de un niñito. Escucharlo hablar de Dios y de las cosas celestiales era como el agua clara de primavera.

Había un niño en la villa que era un idiota. Sus padres habían muerto y él vivía solo con su abuela que era anciana y una calvinista estricta. Consideraba a su nieto como un condenado, sin esperanza porque su fe y la expresión de ésta no eran como la suya. Según decía ella existían signos evidentes de que los destinos inescrutables de Dios estaban con él. El predicador local no tenía nada que hacer con el niño, y el clérigo de la parroquia después de uno o dos intentos había considerado al niño como un caso imposible. Recuerdo que mi amigo me dijo que el clérigo había tratado de enseñarle la historia del Antiguo Testamento. En fin, el niño era un caso terrible y asqueroso. No voy a entrar en detalles más allá de decir que la cabeza del niño tenía el aspecto de una mula, pues creo que su madre había tenido un gran susto antes de su nacimiento. 
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El niño  pensaba que era un caballo o una mula y en la villa los niños solían insultarlo por esto, y lo cabalgaban y lo conducían en el pasto porque era muy inofensivo. Creció descuidado y sin enseñanza, pasando su tiempo fuera de su casa, arrastrándose en cuatro patas a casa al atardecer, dando bufidos, pateando y relinchando cuando estaba muy agitado. En la amplia y oscura cocina se mantenía fijo en una esquina, mascando pasto mientras su abuela estaba sentada en su alta silla cerca del fuego leyendo la Biblia, observando en la esquina por encima de los anteojos al pobre deforme cuerpo que soportaba un alma maldecida.

Por ese entonces mi amigo detestaba ver a este niño. Era una cosa que ponía en aprietos su fe. Aquellos que tienen la fe de los niños, tienen también problemas de niños, y este ejemplo viviente ante sus ojos era lo que parecía ser un descuido de Dios, o peor aún, era más ofensivo a la fe de mi amigo el mero conocimiento que estas cosas ocurren que todos los argumentos infieles.

En una cierta víspera de Navidad mi amigo había ido a una larga caminata sobre los montes con un invitado que se estaba quedando con él para la caza. Hacia el atardecer ellos se estaban devolviendo a través de su propiedad descendiendo del monte. Su camino pasaba a través de la parte superior de una vieja cantera en desuso cuya entrada estaba quizás a unas cientos de yardas de distancia del camino del valle que llevaba al pueblo, por tanto era un lugar solitario y poco frecuentado. El atardecer se iba cerrando y mi amigo, como él guiaba el camino a través del sendero, estaba tratando de distinguir el contorno de las piedras y de los arbustos en el suelo de la cantera la cual estaba a unos setenta pasos por debajo de ellos. De pronto su vista captó el brillo de una luz incesante en alguna parte en la penumbra abajo, y el sonido de una voz. Él supuso enseguida que abajo habían vagabundos y se puso furioso al pensar que ellos habían hecho caso omiso de la notificación que él había colocado sobre hacer fuego en las cercanías del bosque, y tomó la determinación de ir a echarlos y de darles albergue por la noche, si era necesario, en uno de sus propios cobertizos. Le explicó entonces a su amigo cual sendero tomar para volver a casa, mientras que él planeó hacer su camino a través del borde de la cantera hasta la entrada y luego continuar hacia su interior hasta donde los vagabundos habían levantado su campamento. Prometió estar en la casa cinco minutos después de su amigo. Ambos de apartaron y él pronto encontró su camino por un estrecho sendero que lo condujo a la entrada de la cantera.

Había ahí una oscuridad de muerte ya que los montes ensombrecían desde el este, y unos altos árboles se levantaban a un lado. Fue capaz de avanzar a lo largo del peligroso camino que lleva al interior aunque estaba más oscuro que cuando había ido antes. Se volteó en el ángulo de una alta roca y emergió en una especie de semicírculo que formaba el corazón de la cantera. Ante él cerca de un tercer camino por la pendiente, ardía el brillo de una luz que había notado desde arriba, pero cuando lo vio se apagó. Mi amigo permaneció  en el camino y llamó explicando quien era, para nada amenazando, sino que ofreciendo refugio  para la noche si había alguien que lo quisiera. No hubo respuesta, solamente el sonido de unos pies arrastrándose en la penumbra del frontis. Luego un confuso sonido de pasos trepando y mi amigo corrió hacia delante llamando y logró distinguir a una extraña figura trepando sobre el cieno y la piedra en dirección a las espaldas de la roca que se levantaba contra el cielo a su izquierda – creo que dijo -. El trató de seguirlo, pero estaba demasiado oscuro y después de haber tropezado un par de veces, se rindió en su intento. Después de un momento, por un instante la figura trepadora se destacó con claridad contra el cielo y entonces desapareció. El propietario vio con una profunda impresión de disgusto a la cabeza como de mula, y al enredado pelo creciendo desde los altos hombros del idiota del pueblo, con sus manos colgando una a cada lado y escuchó un agudo relincho. Pensó para sí, que iría y vería lo que el niño había estado haciendo.

Subió por la ladera de grava de limo y barro que estaba contra el frente de la roca y al final alcanzó una pequeña plataforma aparentemente sellada y cortada en la cima de la piedra justo donde está un lado de la cantera. Estaba muy oscuro para él como para distinguir todo claramente, por lo que encendió una cerilla y la mantuvo protegida del aire mientras miraba a su alrededor. Esto fue lo que vio:

Había un bozal corto, con una especie de tosco cabestro atado a un hierro oxidado clavado en la roca. Había un montoncito de pasto cortado debajo y una especie de cubo de abrevadero construido en la roca con un poco de paja esparcida en él y unos frutos y hojas de muérdago que mostraban signos de haber sido pisoteados con prisa aunque partes de ellos aún sobrevivían. Había marcas de herraduras por ahí y por allá. En tanto mi amigo notó que el fósforo quemaba sus dedos, pero justo antes de dejarlo caer vio algo más que lo obligó a abrir su caja de fósforos y encender otro, y entonces observó la parte final de un insignificante cirio sobresaliendo del suelo donde había sido colocado y otro aplastado como una bola. Arrancó el primero y lo encendió y así logró ver una última cosa: marcada claramente en el suave borde del cubo del abrevadero, en un lugar donde las botas de cuero no lo tocaban, estaban las marcas de los diminutos pies de un niñito. Como si un bebé hubiera estado de pie en el abrevadero o pesebre, con un pie en el suelo y el otro en el borde.

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Pues bien, yo no sé qué piensas tú de esto, pero yo sé lo que mi amigo pensó y es lo que yo mismo pienso. Antes de volver a casa primero fue a la cabaña donde vivía el niño y lo encontró como es usual atado a la esquina con su abuela cabeceando delante del fuego. El niño no hacía más que resoplar y pisotear. La abuela le dijo solamente que diez minutos atrás el niño había corrido e ido directo a la esquina como lo usual. El propietario le preguntó si alguien le había confiado al niño el hijo de alguien, pero la abuela dijo que eso era imposible. Y en efecto, él no había escuchado que se hubiera perdido un niño esa tarde.

Antes de volver a casa entonces, él fue a la pequeña iglesia que ya estaba decorada para la fiesta. Sobre él  en el aire la fragancia del acebo y del tejo, y cerca del altar el brillo de una candela donde el limpiador de la iglesia estaba barriendo. Le rezó al Niño Santo el cual esa noche nacería, y que sería destinado a yacer en un pesebre para ser adorado por las bestias del establo.

A la mañana siguiente de regreso a casa desde la iglesia fue a la cantera de nuevo con su amigo para mostrarle lo que había visto, pero el abrevadero y los frutos del acervo y la candela habían desaparecido, y no había nada más allí para ver a excepción de la grapa de hierro y la maltratada plataforma dura y plana.”

Llegamos a la avenida de los pinos que nos llevó a la casa y doblamos por la puertecita del jardín.

-“La historia parece mostrar” – dijo el sacerdote – “que el intelecto no tiene mucho que hacer con el conocimiento de Dios, y que las cosas que Él esconde a los sabios y prudentes, Él la revela a los pequeños.”

                                                                    R.H. Benson, The Light Invisible



sábado, 24 de diciembre de 2016

¡Feliz Navidad!

Queridos lectores del blog: en esta noche santa en la que nace el Salvador reciban ustedes una muy Feliz Navidad. Sean ustedes colmados con las bendiciones que el Niño Dios concede a los hombres de buena voluntad
Ha sido un año muy ajetreado y cada día se me hace más difícil tener tiempo y tranquilidad para escribir y traducir. Mi regularidad para publicar es cada día menor y sólo Dios sabe si el año, que próximamente comenzaremos, esto se podrá revertir.
Que Dios les bendiga y Feliz Navidad.

                                       

                                                                                                Bethlehem Down
                                                                                                                Música de Peter Warlock
"When He is King we will give Him a King's gifts,
Myrrh for its sweetness, and gold for a crown,
Beautiful robes", said the young girl to Joseph,
Fair with her first-born on Bethlehem Down.

Bethlehem Down is full of the starlight,
Winds for the spices, and stars for the gold,
Mary for sleep, and for lullaby music,
Songs of a shepherd by Bethlehem fold.

When He is King they will clothe Him in grave-sheets,
Myrrh for embalming, and wood for a crown,
He that lies now in the white arms of Mary,
Sleeping so lightly on Bethlehem Down

Here He has peace and a short while for dreaming,
Close-huddled oxen to keep him from cold,
Mary for love, and for lullaby music,
Songs of a shepherd by Bethlehem Down.



sábado, 17 de diciembre de 2016

Ultima semana de Adviento: O Come, O Come, Emmanuel

                   


O come, O come, Emmanuel,
And ransom captive Israel,
That mourns in lonely exile here,
Until the Son of God appear.
Rejoice! Rejoice! Emmanuel
Shall come to thee, O Israel.

O come, Thou Rod of Jesse, free
Thine own from Satan's tyranny ;
From depths of hell Thy people save,
And give them victory o'er the grave.
Rejoice ! Rejoice ! Emmanuel
Shall come to thee, O Israel.

O come, Thou Dayspring, from on high,
And cheer us by Thy drawing nigh;
Disperse the gloomy clouds of night,
And death's dark shadows put to flight.
Rejoice ! Rejoice ! Emmanuel
Shall come to thee, O Israel.

O come, Thou Key of David, come
And open wide our heav'nly home ;
Make safe the way that leads on high,
And close the path to misery.
Rejoice ! Rejoice ! Emmanuel
Shall come to thee, O Israel.

O come, Adonai, Lord of might,
Who to Thy tribes, on Sinai's height,
In ancient times didst give the law
In cloud and majesty and awe.
Rejoice ! Rejoice ! Emmanuel
Shall come to thee, O Israel.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Primera Semana de Adviento, un villancico moderno


The Lamb 

                                                           Por William Blake, música John Tavener

Little Lamb who made thee
Dost thou know who made thee
Gave thee life & bid thee feed.
By the stream & o'er the mead;
Gave thee clothing of delight,
Softest clothing wooly bright;
Gave thee such a tender voice,
Making all the vales rejoice!
Little Lamb who made thee
Dost thou know who made thee

Little Lamb I'll tell thee,
Little Lamb I'll tell thee!
He is called by thy name,
For he calls himself a Lamb:
He is meek & he is mild,
He became a little child:
I a child & thou a lamb,
We are called by his name.
Little Lamb God bless thee.
Little Lamb God bless thee.